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miércoles, 20 de junio de 2012

El ombligo del mundo (post de desahogo y terapia)

(En el descanso de una junta de evaluación, 18:00 h., 20 de Junio de 2012)

Cada vez que llegan juntas de evaluación, me pongo de los nervios... son las tardes más horrorosas de todo el curso, las más tristes, las más deprimentes... sobre todo al comprobar que seguimos utilizando los mismos esquemas de pensamiento de antaño.

Seguimos pensando en asignaturas, y no en capacidades, ni competencias básicas, ni las posibilidades de estudio futuras.

Seguimos (re)afirmando la creencia de que nosotros somos "los buenos", y las familias, el entorno, el propio alumno... los malos, los que tienen que cambiar, tienen que mejorar, y el profesorado, por supuesto, no puede ni quiere ni debe hacer nada al respecto.

Seguimos pensando que lo importante es nuestro propio "prestigio" docente (las comillas, son irónicas), por encima del beneficio para nuestras alumnas y alumnos.

Seguimos sin ponernos de acuerdo en el significado de la "O", de la "ESO". Seguimos sin entender que el título es un derecho, y que nada o casi nada se gana a base de castigos o repeticiones (en Finlandia, por ejemplo, esto lo tienen bastante claro).

Seguimos sin darnos cuenta de que el título de la ESO es un resumen de TODO lo cursado durante CUATRO AÑOS. Pensamos que con una asignatura, con una calificación de "cuatro", una alumna o alumno no merece titular.

Seguimos defendiendo el "café para todos", el mismo trato para todo el alumnado, sin tener en cuenta las desigualdades de partida, ni haciendo nada para que se superen. La atención a la diversidad consiste en que si suspendemos con un 4 a un niño o niña, debemos suspender a todas y todos quienes estén en ese caso.

Seguimos creyéndonos el ombligo del mundo...

...y así nos va.

domingo, 19 de octubre de 2008

Diagnóstico: cáncer de psicólogos



Aquel era su primer día de clase, pero desde que abrió la puerta del aula el profesor detectó que su alumnado no debía ser del todo normal: cinco niños saltaban encima de las mesas, tres niñas masticaban chicle y hablaban ignorando por completo su presencia, otro niño y otra niña permanecían al fondo sin hablar, ni mirar, ni probablemente pensar, otra niña amenazaba con el puño a un compañero, otro niño jugaba con sus juguetes... "es un primero de ESO nada habitual", pensó el profesor. Hizo sus cuentas: doce. Doce sobre 25 no cuadraban con sus esquemas de lo que esperaba encontrarse. Ese día su ilusión se empezó a marchitar.


Iba pasando el tiempo, los días, las semanas... el profesor había obtenido las mejores calificaciones de su promoción en la licenciatura de física y química, había quedado el primero con su equipo en varias competiciones deportivas siendo estudiante, había pasado situaciones de todo tipo en su vida (problemas familiares, varias relaciones sentimentales)... siempre había logrado salir indemne, pero ahora no sabía que hacer.

Y al final del primer trimestre, justo cuando estaba a punto de tirar la toalla, cuando a sus ojos no quedaban más opciones que ignorar a su alumnado o pedir una baja perpetua por depresión, apareció ella.

Ella tenía un cierto aire de intelectual progre. Hablaba con los niños de tú a tú. No tenía ningún problema en dar una respuesta ágil, sencilla y contundente que mantuviera al alumnado en su sitio. La respetaban y la apreciaban. Ella había estado muy ocupada en su despacho con cientos de tareas administrativas y hasta entonces no pudo pasarse por esta clase. Al notar en conversaciones de pasillo el agobio creciente del profesor, decidió pasarse a ver qué podía hacer. Al fin y al cabo, era la orientadora del centro (y licenciada en psicología, por cierto).


Lo primero que hizo fue varias anotaciones acerca de los casos más claros: "hiperactividad", "síndrome de falta de atención", "tendencias agresivas"... y de un plumazo clasificó así a nueve de ellos y ellas. Le quedaban 3, y eran los casos de retraimiento al fondo del aula y del alumno que jugaba con sus juguetes. A estos les practicó una prueba de diagnóstico cuyos resultados fueron contundentes: tendencia autista-depresiva para los del fondo, y grave retraso en el desarrollo en el caso del último.


El equipo directivo, con el asesoramiento de la orientadora y las peticiones de auxilio del profesor, decidió crear un agrupamiento flexible de forma que este grupo de niños y niñas que necesitaban un tratamiento especial fueran unas cuantas horas a ser atendidos.

De este modo, durante más de la mitad del tiempo escolar la clase se quedaba con 13 niños sobre 25. Los otros 12 iban a lo que los demás llamaban públicamente "la clase de los tontos" (donde eran atendidos a medias entre la psicóloga, el profesor de pedagogía terapéutica, tres monitores de nosequé...).


Así, el profesor recuperó su sonrisa, los 13 alumnos que quedaron mejoraron de sacar un 9 a sacar un 10, y los que salían del aula... nunca volvieron. Su diagnóstico los había condenado. Con el tiempo unos se fueron, otros se quedaron y protagonizaron serios incidentes que provocaron su expulsión, y otros se fueron marchitando poco a poco, mientras se apagaba su fé en volver con sus amigos, del aula "normal". El niño que jugaba ya no lo hacía. Solamente lloraba y premanecía abstraído.


¿Para quién trabajamos? ¿Para el profesorado? ¿Para el alumnado? ¿Para los y las psicólogas (no confundir con orientadores y orientadoras)? ¿Hacen un papel relevante quienes se centran en la psicología clínica y no proponen medidas educativas válidas? ¿Diagnosticar para segregar?


Propongo pasar cinco tests distintos a esos psicólogos (no confundir con orientadores, que pueden tener otro perfil), y que sean tratados según los resultados.


Cuidado.

Quien se considere a sí mismo normal que tire la primera piedra.



------> Obsérvese a un orientador licenciado en psicología clínica haciendo una intervención sobre su alumnado con el objetivo de lograr su integración en el aula. ¿Cuántas camisas de fuerza invisibles, ideológicas y ocultas utilizamos cada día con nuestro alumnado? ¿cuántos diagnósticos y juicios de valor avalan estas medidas?

martes, 26 de febrero de 2008

¿A eso llamáis alumnos buenos?

[Sucesos acaecidos recientemente en mi escuela. Historia basada en hechos reales, como las películas que emiten en Telecinco a las 4 de la tarde los fines de semana. Soporífera, pero real, aunque ésta en vez de invitar al sueño tal vez invite a la pesadilla...]

[16:37 p. m. de un día cualquiera. Sesión de Coordinación.]


- (Tutor y a su vez profe de Lengua).- Mi grupo me parece que es bastante bueno, no creo que tengan problema para sacar adelante el curso.

- (Profesor de Inglés).- Sí que es bueno... algunos son un poco habladores, pero se trabaja muy bien en este grupo.


- (Profesora de Ciencias Sociales).- A mí me hacen unos exámenes bastante decentes. Aunque empecé el curso dándoles "el sustillo", ahora están espabilando y al final de curso vendrán las rebajas. Pero que... muy bien.

- (Profesora de Francés).- Tenían muy mala base, pero son gente trabajadora. Así segurísimo que aprobarán...


- (Profesora de Música y Profe de Plástica, a coro).- Son muy buenos, el mejor grupo que tenemos.


- (Profesor de Matemáticas).- ¿Muy buenos? ¿ésto es lo que vosotros llamáis un grupo muy bueno? Ni mucho menos... ¿habéis visto las opcionales que se han cogido, música y plástica? ¿cómo podéis considerar a este grupo un grupo bueno si cogen esas opcionales? La llevan clara en Matemáticas...

[En fin... ya ven ustedes... que resulta que Botticelli, Da Vinci, Picasso, Dalí, Rembrandt, Goya, Velázquez, Monet... eran gente completamente inútil e incompetente que como no valían para otra cosa, se dedicaron a las artes plásticas. Por su parte, Mozart, Bach, Vivaldi, Beethoven, Mahler, Chopin, Debussy, Ravel, Mendelssohn... más de lo mismo... pobres diablos que como no podían alcanzar otra cosa, se dedicaron a la música... Y si estos eran unos mugrosos... ¿qué decir de los de la música moderna, el jazz, o las músicas tradicionales? ¿y qué decir de los decoradores, modistos, grafiteros y otros artistas plásticos? Lo peor de lo peor... nunca se acerquen a ninguno de ellos. Se lo digo porque les aprecio. El roce hace el cariño.]







---------------------- > (Instantánea tomada en un momento de ensayo de Shostakovich en su época de estudiante. Preparaba el examen final de carrera en el Conservatorio de Moscú. ¿Es este un ejemplo de buen estudiante?)






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domingo, 18 de febrero de 2007

Sobre cómo cuantificar el alma

Querido y anónimo lector:

No sé si le interesará demasiado esta información, pero ahora mismo, en estos momentos, cuando son las diez menos cuarto de la noche me encuentro un 70 % cansado, pero un 80 % feliz, un 60 % dándole vueltas a la cabeza y un 100 % distraido. Eso sí, que también me encuentro un 90 % indignado con bastantes cosas que veo en mi escuela y un 50 % esperanzado en el cambio, además de un 30 % triste por ello y un 20 % decepcionado por algunas personas. Hay días que esa decepción llega al 100 % y días en que me encuentro un 90 % feliz (nunca se está feliz al 100 %) porque el mundo gira adecuadamente. Tengo un 5 % de ira hacia mis compañeros (a pesar de todo) y a ratos llego a tener un 80 % de enfado con mis alumnos y alumnas.

Si hacemos una media de todo ello resulta que tengo un 6,45 sobre 10. No sé muy bien lo que significa, pero me alegro al menos de estar aprobado. Es más, si me lo trabajo un poco, podría llegar al notable.

El otro día decía un compañero (paradójicamente, de matemáticas) que eso de tener en cuenta el progreso, las actitudes y el nivel de partida está muy bien... pero "¿cómo lo cuantifico?", decía él.


Habitualmente, lo que hacemos es evaluar con un examen, y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Incluso yo que nunca hago exámenes sí los hago cuando me los piden los alumnos, así que ni siquiera yo podría apedrear (me quedo con las ganas).
Y con un examen lo que hacemos es poner un número a algo tan sumamente abstracto e impreciso como es el aprendizaje humano, el avance o no de los esquemas mentales de la persona que tenemos delante. ¡Casi nada!

¿De verdad creemos los profesores que estamos siendo justos cuando pedimos las mismas cosas a todos a la vez? ¿de verdad nos creemos tan hábiles en nuestras preguntas y tan exactos en nuestro modo de desenvolvernos en el aula que consideramos este sistema infalible?

Dudo mucho que incluso el mejor de los psicólogos o psiquiatras consiguiera medir avances humanos con una sola prueba (no hablo de la inteligencia, claro está, que es otra cosa muy distinta).
Es curioso que un profesor próximo a jubilarse tenga problemas serios al cuantificar conductas. Dice mucho no solo de él, sino sobre todo del sistema, que luego exige pruebas objetivas, documentales, datos, cifras de aprobados y suspensos... y eso es lo único que llega a la opinión pública. Yo siempre digo a mis alumnos que lo de poner una nota me resulta muy incómodo (¿quién soy yo para poner nota al aprendizaje de una persona?)

Queridos lectores, aún a riesgo de resultar entrometido, les cuento mi propuesta: ¿qué tal si escuchamos la voz del alumno que evaluamos junto a la de sus compañeros y junto a la del profesor? Si los tres están de acuerdo en una calificación, seguramente ésta será la más justa. No partiendo del "status" de profesor o de alumno, sino de los argumentos.


PRUEBEN USTEDES, LECTORES PROFESORES preocupados por lo cuantificable.

Un único apunte: me encuentro sólo un 50 % esperanzado en que lo pruebe. Anímense, a ver si subo la nota.

lunes, 25 de diciembre de 2006

Evaluación inicial o evaluación bajo cero

Un amigo me decía a principios de curso que la evaluación cero o evaluación inicial no es más que una forma de clasificación inicial. Ahora estoy convencido de ello. Es una evaluación que se detiene a pre-clasificar al alumnado antes de que éste tenga la más mínima posibilidad de defensa. De este modo, ya sabremos a las alturas de septiembre u octubre quién va a aprobar y quién no. Ciertamente, por tanto, se trata de una evaluación extremadamente útil para el profesorado, no sé si también para el alumnado.

Al no proponerse medidas concretas de actuación, ni cambios metodológicos sustanciales, ni adaptaciones al ritmo, el conocimiento previo, la procedencia o mucho menos los intereses o motivaciones del alumnado, esta evaluación es sobre todo útil para que el profesorado "vayamos sabiendo" quién va a aprobar y quién va a suspender. Lo curioso del asunto (léase, por favor, en tono irónico) es que luego estas expectativas se ven cumplidas con creces. Cuando llegamos al final del trimestre, comprobamos, con gran sorpresa en el gesto (en algunos casos), que las expectativas se han cumplido.

¿Hasta cuando una evaluación clasificatoria, basada únicamente en datos numéricos? ¿hasta cuando juntas de evaluación basadas en los defectos? ¿hasta cuando vamos a culpar únicamente al alumnado?

Es esta, al fin y al cabo, una forma de evaluar que no va subiendo puntos desde el cero, buscando en nuestros alumnos y alumnas (nuestros niños y niñas, nuestras personas) aspectos positivos a remarcar, ni buscando los aspectos positivos de nuestra docencia para intentar también cambiar en positivo aquéllos que son mejorables...

... y siempre pagan los mismos: los que no tienen recursos para aprobar a base de clases particulares; los que no entienden el mundo en que se encuentran por proceder de otras realidades lejanas de las que no son culpables; los que no pertenecen a ese prototipo occidental, payo, de clase media, varón, católico... para el que está construida la escuela; los de la falsa participación a través de los cauces legales; los de las voces silenciadas.


(Cual alumnos y alumnas siendo atendidos o evaluados)